viernes, 11 de febrero de 2011

De lo que cada uno hace

¡Oh, cobarde conciencia, cómo me afliges! ...¡La luz despide resplandores azules! ¡Es la hora de la media noche mortal! ¡Un sudor frío empapa mis temblorosas carnes! ¡Cómo! ¿Tengo miedo de mí mismo? ... Aquí no hay nadie... Ricardo ama a Ricardo... Eso es, yo soy yo... ¿Hay aquí algún asesino? No... ¡Sí! ¡Yo! ¡Huyamos pues ... ! ¡Cómo! ¡De mí mismo! ¡Valiente razón! ¿Por qué? ¡De miedo a la venganza! ¡Cómo! ¿De mí mismo sobre mí mismo? ¡Ay! ¡Yo me amo! ¿Por qué causa? ¿Por el escaso bien que me he hecho a mí mismo? ¡Oh! ¡No! ¡Ay de mí! ¿Más bien debía odiarme por las infames acciones que he cometido? ¡Soy un miserable! Pero miento, eso no es verdad... ¡Loco, habla bien de ti! ¡Loco, no te adules! ¡Mi conciencia tiene millares de lenguas, y cada lengua repite su historia particular, y cada historia me condena como un miserable! ¡El perjurio, el perjurio en el más alto grado! ¡El asesinato, el horrendo asesinato, hasta el más feroz extremo! Todos los crímenes diversos, todos cometidos bajo todas las formas, acuden a acusarme, gritando todos ¡Culpable! ¡Culpable!... ¡Me desesperaré! ¡No hay criatura humana que me ame! ¡Y si muero, ninguna tendrá piedad de mí! ¿Y por qué había de tenerla? ¡Si yo mismo no he tenido piedad de mí! ¡Me ha parecido que los espíritus de todos los que he asesinado, entraban en mi tienda y cada uno amenazaba en la cabeza de Ricardo la venganza de mañana!

Ricardo III. William Shakespeare




Soy ruin, indigno y despreciable. Hay que ser también un borracho perdido y agotado como Pásha para tenerme todavía cariño y respeto. ¡Dios, cómo me desprecio a mí mismo! ¡Cómo detesto mi voz, mis pasos, mis manos, este traje, mis pensamientos! ¿No es esto ridículo? ¿No es para enfurecerse? Apenas hace un año era todavía un hombre robusto y sano. Me sentía enérgico, audaz, entusiasta; trabajaba con estas mismas manos y hablaba de modo tan elocuente que hasta los ignorantes se conmovían, pues lloraba cuando veía el dolor y me indignaba cuando tropezaba con la maldad. Y ahora, ¡Dios mío!, estoy cansado, carezco de fe y me paso los días y las noches en la holganza. No puedo mover como quisiera ni el cerebro, ni las manos, ni los pies. La finca se
arruina, los bosques se desploman bajo el hacha. (Solloza.) Mis tierras me miran como si fueran huérfanas. No espero nada, no lamento nada, y el alma me tiembla de terror ante el día de mañana... ¿Y qué del asunto de Sara? Le juré amor eterno, le prometí felicidad, puse ante ella la imagen de una vida futura como ella nunca la habría soñado. Y ella me creyó. Y durante esos cinco años sólo he visto cómo se va consumiendo bajo el peso de su propio sacrificio, cómo se va agotando en la lucha con su conciencia... Y, sin embargo, bien sabe Dios que nunca me ha dirigido una palabra o una mirada de reproche... ¿Y qué ha pasado? Que he dejado de quererla... ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Para qué? No lo entiendo. Y ahora está enferma, tiene los días contados y yo, como un cobarde miserable, huyo de su rostro pálido, de su pecho hundido, de sus ojos implorantes... ¡Es vergonzoso, vergonzoso! (Pausa.) Sásha, apenas una niña, se siente afectada por mis desgracias. Me dice que está enamorada de mí, y con eso me intoxico, olvido todo lo demás de este mundo, como alguien embrujado por la música, y me pongo a gritar: « ¡Una vida nueva! ¡Felicidad! » Pero al día siguiente creo en esa vida y esa felicidad lo mismo que creo en los fantasmas... ¿Qué es lo que me pasa? ¿Hacia qué abismo me empujo a mí mismo? ¿De dónde viene esta debilidad? ¿Qué les ha pasado a mis nervios? Basta con que mi mujer enferma lastime mi vanidad, o que los criados me importunen, o que mi escopeta falle el disparo para que me vuelva grosero y malhumorado, en nada semejante a lo que soy.

Ivánov. Antón Pávlovich Chéjov.

No hay comentarios:

Publicar un comentario